miércoles, 13 de julio de 2011

Primer Capítulo de ADN Fatal

Estimados lectores, antes de continuar con la serie de artículos acerca de la escritura de un libro, voy a publicar el primer capítulo de ADN Fatal. Espero que lo disfruten. Sin más preámbulos, aquí está:

1


Eugenia, la oficial de guardia, estaba con las piernas sobre el escritorio leyendo una novela rosa cuando la señal de alarma en uno de sus monitores se activó. Siguiendo los procedimientos de la compañía para la que llevaba seis meses trabajando, presionó un botón que realizaría una llamada a la casa de Corina Salgado, de donde provenía el aviso que reflejaba la pantalla.
    El sistema de seguridad que Corina había instalado hacía un año, seguía siendo lo último en una Caracas donde la inseguridad era escalofriante. Puertas y ventanas se encontraban entrelazadas electrónicamente a un dispositivo que ante cualquier irrupción, dispararía la alarma en la central de Guardian Dogs. 
    Después de numerosos repiques, saltó la contestadora automática, ante lo cual la oficial procedió a llamar al celular de la señorita Salgado y tampoco obtuvo respuesta. Inmediatamente, una señal electrónica con la dirección fue enviada por el moderno sistema a los dispositivos con GPS incorporados a los vehículos ubicados en las inmediaciones de La Castellana, donde se encontraba la casa de Corina. El supervisor de guardia entró en el salón de monitoreo para verificar que los procedimientos estuvieran activados, y se dirigió a la oficial:
     –¿Has podido comunicarte con el inmueble?
    –No hubo respuesta ni en el fijo ni en el móvil, ya se ha enviado la señal –respondió Eugenia. –En la pantalla del computador apareció un mensaje que indicaba que el vehículo 13-47 se encontraba en camino, con tiempo de llegada estimado en cuatro minutos. Eran las diez y doce minutos de la noche.
    –Como estos aparatos sigan avanzando, en cualquier momento nos quedamos en la calle –comentó el supervisor. La oficial rió, asintiendo. 
     Al mismo tiempo, otra señal de alerta se disparaba, esta vez desde una quinta en la urbanización El Cafetal. La llamada fue atendida al segundo repique, y el hombre que contestó, indicó que se trataba de una falsa alarma. Después de desearle las buenas noches, Eugenia colgó y se enfocó nuevamente en los monitores.


Pérez y García, los oficiales de seguridad que se encontraban en el vehículo 13-47, circulaban por la Avenida Libertador en dirección este-oeste cuando la pantalla instalada en la consola emitió una señal solicitando apoyo en la Quinta La Arboleda, a seis cuadras de su actual locación. García, el copiloto, quien había ingresado a la compañía tres semanas atrás, presionó un botón en la pantalla táctil, indicando al sistema que responderían al llamado. Pérez giró a la derecha –según indicó el GPS– lo cual los conduciría a la Avenida Francisco de Miranda, desde donde llegarían a La Castellana para empalmar con la Avenida Luis Roche. En tres minutos llegaron y tras estacionar, se acercaron a la casa. El garaje de la quinta estaba abierto; en su interior se encontraba un vehículo. Avanzaron hacia la entrada, descubriendo la puerta entornada. 
   –Mosca, puede haber alguien dentro –susurró, desenfundando su Glock nueve milímetros. Siendo Guardian Dogs un servicio privado de seguridad, sus empleados no iban armados, pero como ex policía que era, Pérez tenía porte de armas.
   –¿Coño y ahora qué? –fue lo único que atinó a decir García, cuyas manos comenzaron a sudar; era su primer caso. Por el contrario, Pérez, con experiencia en este tipo de situaciones, se encontraba calmado pero alerta. Pidió por señas a su compañero que abriera la puerta despacio y sin hacer ruido, mientras se colocaba a un lado de la misma con su arma lista. La casa se encontraba a oscuras excepto por una luz que se filtraba de una puerta entreabierta al fondo. Pérez nuevamente le hizo señas para que lo siguiese, desplazándose tan sigiloso como un gato. 
   Cuando habían avanzado unos pasos, una sombra pasó rápidamente a su lado y García estuvo a punto de gritar. Pérez –quien logró ver gracias a la luz de la luna que se filtraba a través de un ventanal a su izquierda que se trataba de un perro pequeño–, atinó a tapar su boca. El perrito, gruñendo, corrió hacia la puerta de la cual procedía la luz, mientras los dos hombres se amparaban tras una biblioteca. Transcurrieron varios segundos en tensa calma, que a García parecieron una eternidad; Pérez supuso que probablemente no hubiera nadie allí dentro, ya que el perro había hecho suficiente ruido como para haber alertado a cualquier intruso, y decidió continuar. Avanzaron por el pasillo que llevaba al cuarto del fondo, Pérez en posición de combate y García a la retaguardia, sudando copiosamente y sintiendo un terror que casi le paralizaba. Se apostaron cada uno a un lado de la puerta entreabierta, Pérez a la izquierda listo para proceder. Hizo señas a su compañero para que la abriese, de forma de tener una vista completa de la habitación. Cuando éste empujo la puerta, se asomó cautelosamente; se trataba de un dormitorio. 
     En la cama, en extraña posición, se encontraba el cuerpo desnudo de una mujer, boca abajo. García avanzó rápidamente, cubriendo cada centímetro del cuarto con su pistola, y rápidamente fue hacia el baño adosado a la habitación. Regresó luego de verificar que no había nadie; García, petrificado, observaba el cuerpo con ojos dispuestos a abandonar las órbitas. La experiencia que le brindaban más de veinte años en cuerpos policiales y seguridad privada, le decía que no debían tocar nada. Cautelosamente tomó el pulso de la mujer.
     –Creo que está muerta, pide ayuda –dijo a García.
     –¿Mu-muerta, estás seguro? –tartamudeó.
     –Casi seguro. 
   Pérez marcó el 171 desde su celular y explicó la situación a la operadora. El perro, un yorkshire terrier, se montó en la cama, olisqueando a su dueña. García lo espantó con un movimiento de la mano, evitando que contaminase la escena.
     –¿Un homicidio? –preguntó García, conmocionado.
     –No lo sé, esto me parece extraño.
     –La alarma sonó, y no creo que haya sido el perro. 
    Dos efectivos del CICPC entraron en la habitación. El que lucía como el más experimentado pidió que los pusieran al tanto; García relató los hechos, mientras el otro chequeaba los signos vitales de la mujer.
      –Ésta está fría.
      –¿Asesinato?
  –Tiene marcas de estrangulamiento, pero no he querido profundizar para que los forenses puedan hacer su trabajo. 
      –Central, aquí Martínez. Envíen al forense.
      –Recibido Martínez, ¿Necesitan apoyo?
      –Negativo, Central. Todo en calma.  
     –Agente Danilo Martínez, y mi compañero el agente Rodríguez –se presentó el funcionario–. ¿Se aseguraron de que no hay nadie?
    –Andrés García y Raúl Pérez, a sus órdenes –respondió García mientras los cuatro hombres intercambiaban un rápido apretón de manos–. Tan sólo revisamos nuestra vía de entrada; procedimos a llamarlos ya que esto escapa de nuestra jurisdicción; sin embargo, todo se veía en calma. 
      –Revisemos –dijo Martínez dirigiéndose a su compañero. 
     La habitación era espaciosa y estaba decorada con buen gusto. A la derecha de la cama una peinadora a juego con ésta, sobre la cual había un espejo. A la izquierda, en una biblioteca modular había algunas novelas, aunque la mayoría de los libros eran de Publicidad. Al frente, un pantalla plana y una confortable silla completaban el mobiliario. 
    La mujer se encontraba tendida en la cama boca abajo, con el brazo derecho colgando como si su última intención hubiese sido alcanzar la peinadora. Una cabellera azabache cubría su cabeza, ocultando el rostro. Su ropa, sin orden aparente se encontraba dispersa por la habitación. Los policías entraron nuevamente; la casa se encontraba vacía, por lo que el asesino debía haber huido tras cometer el crimen. El equipo forense llegó y Martínez se adelantó para recibirlos.
     –Escovar –dijo, estrechando la mano del doctor.
  –Me alegra verte. ¿Qué tenemos aquí? –preguntó el forense mientras realizaba un reconocimiento general de la escena.
Efectivos y técnicos continuaban llegando a la casa; la actividad era febril, cada uno realizando su trabajo. Mientras los fotógrafos se encargaban de retratar cada centímetro y los forenses preparaban sus equipos, la policía científica buscaba posibles huellas dactilares y etiquetaba cualquier elemento que pudiese servir a la investigación. 
     Pérez y García se acercaron a la puerta de la casa, donde había un pandemónium de luces rojas y azules, patrullas –tanto de la policía municipal como del CICPC–, una ambulancia, la furgoneta forense, periodistas y gran cantidad de personas atraídas por la intensa actividad. La zona fue acordonada con cinta amarilla, estableciendo el perímetro de la escena del crimen.


Un hombre de unos sesenta años trataba de abrirse camino entre los curiosos que buscaban cualquier detalle que alimentase su morbosidad. Parecía desesperado; después de un rato logró llegar hasta dos efectivos que controlaban el acceso a la escena.
    –¿Quién está a cargo? –inquirió–. Déjeme pasar.
  –Lo siento señor, el paso está prohibido –contestó el policía, conteniendo al hombre que trataba de entrar a como diera lugar.
   –Tengo que ver. ¿Qué le ha pasado a mi hija? –dijo el hombre poniendo sus dos manos sobre el pecho del policía. 
   –¿Usted es el padre de la v..? –se interrumpió–. Espere aquí un momento –dijo, mientras se daba la vuelta y se acercaba a un hombre que daba órdenes a diestra y siniestra.
    –Inspector, mejor venga conmigo, aquí está el padre de la víctima. Será mejor que usted hable con él –dijo al inspector, quien le fulminó con la mirada.
   –¿Será que yo tengo que hacerlo todo en esta vaina? –contestó el hombre, malhumorado–. Parecen una partida de novatos, ¿Qué coño hicieron en la academia? 
  Comenzó a caminar hasta que llegaron al punto donde se encontraba el señor. Cuando apareció en el primer cerco, los reporteros se abalanzaron con sus cámaras y micrófonos haciendo preguntas. Sólo les dirigió una mirada asesina, y tomando al hombre por el brazo lo llevó adentro. Nunca era una tarea fácil comunicar el fallecimiento de un ser querido, y menos aún cuando se trata de un crimen. Sin embargo, había pasado por esa situación infinidad de veces. Extendiéndole su mano, dijo:
     –Inspector Carlos Orellana.
  –Marcos Salgado. He recibido una llamada de una vecina diciéndome que la casa de mi hija estaba llena de policías. ¿Qué ha ocurrido? –dijo el hombre, estrechando la mano del inspector, quien notó su marcado acento español.
    –Me temo que no le tengo buenas noticias, amigo. Se ha cometido un crimen, y me temo que la víctima podría ser su hija.
  –¿Un crimen? ¿Qué tipo de crimen? –dijo el señor Salgado, tratando de albergar esperanzas, aunque presentía lo peor.
   –Al parecer, alguien ha irrumpido en la vivienda; conseguimos el cuerpo de una mujer sin vida –informó el inspector.
Salgado se puso lívido, recibiendo el choque de la noticia que inconscientemente estaba esperando, como un tren de alta velocidad colisionando contra una bicicleta. Con un hilo de voz, tomó al inspector por el brazo y dijo:
    –Tengo que verla, por favor lléveme allá.
   –No creo que sea buena idea en este momento, los equipos de la policía trabajan en la escena y no podemos permitir que sea contaminada –explicó Orellana.
   –Por favor, al menos eso me lo deben, necesito estar seguro de que se trata de mi pequeña, a lo mejor es un error– le suplicó.
   –No creo que se trate… Déjeme ver qué puedo hacer. Quédese aquí un instante –dijo alejándose hacia la habitación donde yacía muerta –asesinada– la hija del desafortunado hombre.
    Al cabo de un momento regresó y le pidió que le acompañase. Al llegar a la puerta, Salgado no tuvo duda de que se trataba de su hija, cuyo cadáver había sido movido y se encontraba en una posición que ofrecía una vista frontal del cianótico cuerpo. No más verla, se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar. Orellana le dio dos palmadas en el hombro. Tomándolo por los hombros, con una mirada que reflejaba una mezcla de dolor y  rabia, el padre de Corina dijo:
     –Tienes que agarrar al hijoeputa que ha hecho esto. 
Acto seguido se desplomó hacia Orellana, quien tomado por sorpresa casi cae al suelo cuando todo el peso del hombre le cayó encima. Sosteniéndolo, llamó al efectivo que tenía más cerca y le dijo que buscase a los paramédicos con urgencia. El funcionario salió a la carrera, y regresó con un hombre y una mujer que se encontraban en la ambulancia. Orellana había acostado al señor Salgado en el suelo y trataba de reanimarlo. La mujer le preguntó qué había ocurrido y el inspector describió rápidamente los acontecimientos; con eficacia, tomó las medidas habituales de resucitación cardio-pulmonar y le transportó a la ambulancia, la cual salió a toda velocidad rumbo a la clínica.