miércoles, 20 de julio de 2011

Segundo capítulo de ADN Fatal

Antes que nada, muchas gracias a todos los que leyeron el primer capítulo, y gracias por sus comentarios. Me gusta que les haya gustado, y quienes puedan, por favor publiqen los comentarios al final de la entrada para que le sean útiles a los otros lectores. Voy a publicar el segundo capítulo a continuación, y luego publicaré el tercero, que será el último. Espero que les guste.


2

Christian había quedado con su padre para almorzar a las doce y treinta, pero el caos en Las Mercedes era infernal. No le gustaba llegar tarde, pero lo impredecible del tráfico caraqueño era algo contra lo que no estaba acostumbrado a luchar. Intentó avisarle que estaba retrasado, pero recibió el buzón de voz al primer repique. 
    Los últimos cuatro años de su vida los había pasado entre Caracas y Boston, donde había cursado estudios superiores en la Universidad de Harvard. De niño quería ser médico, pero a medida que avanzaban sus estudios, su amor por las matemáticas le hizo reconsiderar. Terminó escogiendo la Ingeniería Biomédica, que combinaba ambas áreas. Gracias a que su padre era muy previsivo, había creado un fondo para sus estudios a muy temprana a edad, lo que le permitió costearle la prestigiosa universidad. Christian recordaba que siempre le había aconsejado que utilizase el fondo para ingresar en una de las universidades del Ivy League. Luego de graduarse, siguió estudios de postgrado, especializándose en Genética Molecular. Invariablemente destacó en sus clases y terminó graduándose con honores entre los primeros de su promoción. 
   Muy apegado a su familia, apenas culminó sus estudios, regresó a Caracas, pero el proyecto en el que estaba trabajando lo obligaba a viajar con mucha frecuencia. 
   Finalmente logró llegar al restaurante a las doce y cuarenta, donde su padre ya le esperaba en la barra, con un whisky en la mano. Padre e hijo, que no se veían hacía más de dos meses, se abrazaron efusivamente. 
  –Caramba, ya ni te acuerdas de este pobre viejo –dijo su padre con una sonrisa en los labios–. ¿Cómo has estado?
  –Sabes que siempre los tengo presentes, pero he estado ocupado en el laboratorio; no he tenido tiempo de nada últimamente– replicó Christian –. ¿Y tú cómo estás? ¿Y mamá y Daniel?
 –Todos bien, gracias a Dios. Vamos a ubicarnos –dijo, haciendo señas a un mesonero. 
  El restaurante se encontraba lleno, pero les tenían reservada una de las mejores mesas, ya que el señor Petersen era cliente habitual. El maître los recibió y les ofreció la carta de vinos, de donde eligió un Blanc de blancs. 
  –¿Desean las sugerencias del día ahora o vuelvo luego? 
 –Deja que me ponga al día con mi hijo, así tengo excusa para retenerle por más tiempo –contestó Petersen, guiñando un ojo al joven y sonriendo al maître. 
Christian llevaba jeans y camisa a cuadros mientras su padre vestía traje y corbata, como todos los días desde que Christian tenía memoria, costumbre que nunca logró inculcarle; prefería el estilo informal.
  –A ver, cuéntame cuál es el proyecto que te tiene tan ocupado como para hacernos una visita; parece que te hubiésemos corrido de la casa –bromeó el padre.
  –¿Recuerdas que te dije que estaba realizando una investigación y que tenía el presentimiento de que estaba a punto de lograr algo importante? –dijo Christian, quien después de graduarse se quedó investigando en la universidad, junto al profesor que le había servido de tutor en su tesis de grado. 
  –Lo recuerdo, aunque no me diste detalles. 
  El maître se acercó a la mesa preguntándoles si estaban listos para ordenar. Ambos aceptaron la sugerencia del día. 
  –Es un proyecto que nació de la interacción entre mi major y el postgrado. Déjame ver cómo te lo explico de forma sencilla. 
  –Me parece bien, recuerda que estudié Economía, y la biología nunca se encontró entre mis favoritas.
   –Ok, aquí voy. Avísame si no me sigues: un nano-bot es un robot cuyo tamaño es minúsculo, tan pequeño que no puede ser visto con un microscopio normal. Para que te hagas una idea, se necesitaría alinear cien mil nano-bots para tener el diámetro de un cabello humano. ¿Puedes hacerte una idea? –preguntó Christian.
  –Sí, hasta ahora te sigo sin problema, aunque no me lo puedo imaginar, creo que me quedé en los microscopios de 200X –dijo el hombre con una sonrisa.
  –Estos robots pertenecen al área de Robótica Molecular, ya que son creados a partir de moléculas de ADN –continuó el joven entusiasmado, interrumpiéndose al ver la cara de incredulidad de su padre, por lo que hizo una pausa.
  –Me estaba imaginando arturitos microscópicos, construidos con metal y circuitos electrónicos. ¿Quieres decir que estos robots ¡no sé cómo explicarlo!, no tienen piezas? –preguntó el señor Petersen, con la mano en la barbilla.
 –Efectivamente, toda su estructura se fabrica mediante la integración de moléculas, por lo que en cierto modo se podría pensar en ellos como seres vivientes– trató de simplificar Christian, que no estaba acostumbrado a hablar de estos temas con los no iniciados. Sin embargo, había llegado a un punto en el que quería compartir sus logros con su padre.
  –Mentiría si dijera que me lo imagino, pero creo que aún te sigo en la idea principal.
 –Lo importante es que estos nano-bots pueden ser programados para reconocer el medio ambiente en que se encuentran y reaccionar de acuerdo a ciertos parámetros. Por ejemplo, podrían detectar trazas de enfermedad en una célula, identificando si es cancerosa, y en caso positivo, traer un componente para matarla, impidiendo su propagación.
 –¿Estás en la vía de conseguir la cura del cáncer? –dijo, sorprendido. Siempre había pensado que la inteligencia de su hijo era excepcional, pero esto iba más allá de cualquier valoración. Christian rió y dando un sorbo a su copa de vino, prosiguió:
  –No te adelantes a los acontecimientos, esto apenas es el comienzo de un campo que en el futuro puede ser de dimensiones  inimaginables; el número de aplicaciones es ilimitado, desde curar una simple gripe sin tomar medicamentos hasta sustituir las operaciones altamente invasivas de hoy en día, pero el camino por recorrer es largo. –Un mesonero se acercó a la mesa con la comida, que consistía en crema de mariscos y paella a la marinera. Después de servirles más vino se retiró. 
   –Pero estos robocitos, ¿son algo teórico?
   –Son una realidad. En el laboratorio tengo cientos de ellos.
   –Hijo, cuando dices “tienes”, ¿te refieres a que son tuyos tuyos, es decir, es un proyecto personal?, ¿o es parte del trabajo de algún laboratorio o empresa? 
  –Es un proyecto personal basado en descubrimientos que he ido haciendo –contestó Christian, divertido al ver como crecía el asombro de su padre.
  –Mmm, me imagino que tendrás idea del potencial económico que representa un descubrimiento como ése.
  –Por supuesto. No tendré un master en Economía, pero sé sumar dos más dos; de paso las matemáticas se me dan bastante bien –replicó Christian riendo.
 –Entonces me imagino que ya habrás registrado una empresa, asegurado la propiedad intelectual y obtenido las patentes que hacen falta para protegerlo.
  –Apenas ahora comienzo a ocuparme de la parte administrativa, todo ha sucedido muy rápido –titubeó Christian. 
  Con más de treinta años de experiencia en las finanzas, Petersen sabía que el mundo corporativo estaba infestado de tiburones esperando ver una gota de sangre para atacar; aunque consideraba a su hijo una persona sumamente inteligente, pensaba que no estaba preparado para enfrentarse a las intrigas empresariales que se urdían a las espaldas de muchachos brillantes como él. Luego de reflexionar un momento, colocó su mano en el hombro de su hijo, y le dijo: 
  –La historia está llena de científicos a los que robaron sus ideas, comenzando por la invención del teléfono, cuando Graham Bell patentó primero que Merucci el aparato en 1876. Quizás es aún más importante proteger un invento que el mismo acto de su creación, y los científicos fallan mucho en este aspecto; no quisiera que te ocurriese algo como eso con un descubrimiento que, no sólo puede hacerte muy rico, sino que te haría ingresar en los registros de la historia. Cuéntame que has hecho para protegerte.
 –Comencé a trabajar en este proyecto apenas terminé mi postgrado, hará aproximadamente cinco años. En principio era pura curiosidad científica, pero de repente se me ocurrió lo de los nano-bots y me aboqué a desarrollar la idea. El Dr. Kreinter, quien fue mi tutor, hombre excepcionalmente inteligente, me alentó a seguir, viendo el enorme potencial de lo que tenía entre manos. Como el costo era astronómicamente elevado por la sofisticación de los equipos y materiales necesarios, prometió buscar a alguien interesado en financiar la investigación. Los avances que ha hecho en Genética Molecular le han granjeado acceso a los círculos más influyentes de la industria; un día me dijo que tenía el candidato perfecto para apoyarme. Así fue como apareció un angel investor, el Dr. Rinhaldi. Lo curioso es que este hombre no esperaba obtener dinero en retorno por el capital que iba a aportar –suma que inicialmente ascendía a cinco millones de dólares–; Rinhaldi sufre una extraña enfermedad degenerativa que ataca sus células y para la cual no existe cura. Kreinter, quien fue su compañero de estudios, por lo que son amigos hace más de tres décadas, le habló de mi trabajo y de las posibilidades de tratar su condición con la técnica que yo comenzaba a delinear. Éste, quien tenía confianza absoluta en mi tutor, aceptó y así nació el proyecto. 
  –¿Qué tipo de acuerdo hicieron? Supongo que habrán redactado algún contrato –preguntó el señor Petersen, apurando el último trago de vino de su copa.
   –Se estableció una compañía, Petersen Genetics Enterprises, Inc., con base en Boston, de la cual yo poseo el cuarenta por ciento y Rinhaldi el sesenta restante. Además, firmé un acuerdo que me compromete a darle prioridad al tratamiento de la enfermedad de mi socio. En éste queda claro que haré cuanto esté a mi alcance para lograrlo, pero me libera de cualquier responsabilidad en caso de que no sea posible. El Dr. Rinhaldi me ha demostrado ser un hombre extremadamente bondadoso, hasta el punto de que una cláusula establece que en caso de que muera, sus acciones pasarían a mi nombre. Nos hemos hecho grandes amigos, y deseo de corazón poder ayudarlo.
   –Suena bien. Pero como el diablo sabe más por viejo... me gustaría echarle una ojeada a los documentos, si no te importa.
   –Por supuesto, igual pensaba mostrártelos. Los tengo en mi laptop, los voy a imprimir y te los llevo a la casa; estoy impaciente por ver a mamá y a mi hermano. Además sólo hemos hablado de mí, quiero que me cuentes cómo van tus negocios.
   –Brindemos por ello. Que el proyecto sea todo un éxito y de veras agradezco tu confianza –dijo el padre, mientras entrechocaban sus copas en un brindis.
  –No tienes nada que agradecer, eres la persona en quien más confío en este mundo –dijo Christian mirándolo con afecto.


Al salir del restaurante, Christian se incorporó al tráfico que avanzaba lentamente por la Avenida Río de Janeiro, cuando una llamada entró a su móvil.
  –Hola Chris, ¿Cómo va todo por allá abajo?–  dijo la voz del Dr. Rinhaldi, quien llamaba desde Boston.
   –Perfecto, ¿Cómo está usted?
   –Muy bien. Llamo para decirte que acaban de llegar los resultados de los análisis de laboratorio que esperabas. ¿Quieres que te los envíe por FedEx?
   – No, tengo que ir para allá la próxima semana, gracias.
   –Ok, nos veremos entonces. Cuídate.
   –Lo haré. Usted también. Hasta pronto. 
  El Doctor Rinhaldi era un hombre muy rico, al que la suerte le había sonreído en los negocios: era el principal accionista de una gran compañía farmacéutica, la cual había fundado al terminar sus estudios en Harvard. Logró hacerse con la patente de un medicamento que ayuda a controlar los niveles de glucosa en pacientes diabéticos, lo que impulsó a Rhin Pharmaceuticals hacia los primeros lugares de la industria. Hoy en día es una compañía multimillonaria que cotiza en la bolsa de Nueva York. 
  Sin embargo, su vida se había convertido en una pesadilla diez años atrás, cuando su esposa regresaba a su casa en su vehículo con sus dos hijos de nueve y once años, y un conductor imprudente los embistió de frente, matando a sus tres ocupantes. El chofer se encontraba bajo los efectos del alcohol, y aunque los abogados lograron conseguir una condena de cadena perpetua, nada le devolvería lo que más amaba: su única familia. 
 En un abrir y cerrar de ojos, su vida dio un vuelco de ciento ochenta grados. Abandonó su cargo como director de la compañía, cayendo en una profunda depresión que lo mantuvo encerrado en su casa durante más de dos años. Kreinter, su mejor amigo, se encargó de cuidarle e hizo todo lo posible para convencerlo de que tenía que seguir adelante, infructuosamente. Su salud comenzó a desmejorar y finalmente lo obligó a realizarse un chequeo médico, cuyo diagnóstico fue una extraña condición degenerativa que afectaba sus células, la cual, pese a toda la investigación que realizó su amigo, no parecía tener tratamiento.
  Irónicamente, el diagnóstico fatal fue lo que le hizo salir de su aletargamiento, y poco a poco superar la depresión, al concentrarse en esa nueva desgracia que se cernía ante él. En ese momento apreció la vida y se dedicó con todas las energías que le quedaban, a tratar de conseguir una forma de superar su enfermedad. Recorrió las mejores instituciones médicas, no sólo de los Estados Unidos, sino que fue a cualquier lugar del globo donde se vislumbrase alguna posibilidad –aunque fuese remota– de tratar su condición, sin obtener resultados. 
  Probó la medicina alternativa con la misma suerte. Un día, Kreinter le habló de un estudiante brillante al cual tutoraba en su tesis de postgrado, y sin crearle falsas expectativas, le explicó los rudimentos de la investigación que Petersen estaba realizando. Concertaron una cita, y así fue como el doctor Rinhaldi conoció a Christian, quedando impresionado por sus avances y por la pasión que demostraba. El joven investigador le dejó claro desde un principio que  su trabajo era teórico, que no había hecho pruebas experimentales ya que no tenía acceso a los sofisticados equipos necesarios para realizarlas. Inmediatamente el doctor le ofreció su apoyo incondicional y se postuló como accionista de una compañía que a las claras podría llevar al científico a la cima de la medicina mundial. 
  Christian, una persona recta y honesta –como se lo había inculcado su padre–, le repitió que no podía darle ningún tipo de garantía; uno de los factores de más peso era que no se sabía exactamente cuánto tiempo le quedaba al doctor hasta que su condición alcanzase la etapa terminal. Rinhaldi entendía perfectamente sus argumentos, pero al fin había conseguido una tabla de salvación a la que aferrarse; lo único que había recibido hasta entonces eran negativas en todas las puertas que había tocado. Petersen Genetics Enterprises, Inc. nació como consecuencia de esa reunión.


Durante los períodos que pasaba en Caracas, Christian trabajaba en su apartamento. Como regalo de graduación, sus padres le habían comprado un pent–house en un edificio en construcción en la urbanización Valle Arriba, lo cual interpretó como una señal de que querían que se estableciera en la ciudad, cerca de ellos, algo nada común para un graduado de Harvard, ya que las compañías norteamericanas generalmente hacían atractivas ofertas a los mejores estudiantes; sin embargo, el joven siempre tuvo la intención de regresar junto a su familia. 
   Casi la totalidad del espacio contaba con ventanales panorámicos que brindaban una espectacular vista de la ciudad. Christian hizo demoler las paredes internas para convertirlo en un loft; mandó colocar piso de parquet en los doscientos cincuenta metros cuadrados, y lo decoró al estilo minimalista. Amplias puertas de cristal daban acceso a una terraza que rodeaba todo el apartamento.            El resultado fue un espacio sumamente acogedor, que siempre extrañaba cuando se encontraba en Boston, donde tenía alquilado un apartamento de cuarenta y cinco metros cuadrados dentro del campus de la universidad. 
   Había estado toda la tarde leyendo unos artículos del Biomedical Journal que trajo consigo. Un gato siamés, que posiblemente pertenecía a alguno de sus vecinos, estaba enroscado en sus pies mientras leía. Era muy cariñoso y siempre buscaba colarse por alguna ventana, probablemente porque le abría una lata de atún o le daba un poco de leche. Lo llamaba Chester y disfrutaba mucho de su compañía en el enorme apartamento; siempre le hacía reír con su comportamiento. 
   Quedó en verse con Juan Manuel, su mejor amigo, en uno de sus restaurantes favoritos a las nueve de la noche, para una cena ligera y unos tragos. Eran pasadas las ocho, por lo que se fue a la ducha; había estado inmerso en la lectura y el tiempo se le había escurrido. Chester maulló cuando se levantó de la silla siguiéndole hasta el baño, donde se tendió cuan largo era en la alfombrilla. De sus treinta y dos años de vida, había sido amigo de Juan Manuel los últimos veintiocho.
   Se conocieron cuando ingresaron en el Colegio Los Arcos; a partir de allí se forjó una amistad para toda la vida. Eran prácticamente como hermanos; practicaron los mismos deportes y compartieron las mismas aficiones. Cuando terminaron el bachillerato, tomaron caminos diferentes ya que Juan Manuel ingresó a la Universidad Simón Bolívar para estudiar Ingeniería de Producción mientras Christian se iba a los Estados Unidos. 
   Eso no mermó su amistad, ya que se mantenían en contacto a través de internet y se reunían en vacaciones. Juan Manuel se casó con una compañera de la universidad. Tenía una hija de cuatro años, Verónica, de la cual Christian era padrino. 
   Se vistió rápidamente y faltando cinco minutos para las nueve, entregaba las llaves de su camioneta al encargado del estacionamiento. Pocos minutos más tarde llegó su amigo, quien se dirigió a él con la mano extendida para saludarle:
    –¿Qué paso bro, que dice el cerebrito de Harvard?
  –Todo bien, ¿y tú que cuentas? –contestó Christian mientras estrechaban manos y se daban un rápido abrazo– ¿Cómo están Jeannette y Verónica?
     –Muy bien, Verónica preguntando por su padrino. 
     Se sentaron en una mesa y ordenaron sendas cervezas. 
  El sitio se encontraba medio lleno y el ambiente era muy agradable; a ambos les gustaba el lugar, que siempre tenía música en vivo, pero permitía conversar tranquilamente. Un mesonero condujo a una pareja hasta una mesa cercana. Christian reparó en la muchacha, que poseía una belleza sorprendente. Alta, con una cabellera oscura que le llegaba hasta la cintura, ojos almendrados color miel y piel canela, lucía un mini vestido blanco que se ajustaba a la perfección a su escultural figura; sus piernas eran perfectas. Pensó que quizás era la mujer más bella que había visto en su vida. No podía apartar la mirada de la chica, quien se dio cuenta y le dedicó una sonrisa que a Christian se le antojó sumamente sensual. 
Los dos amigos nunca habían tenido secretos, por lo que Juan Manuel estaba al tanto del proyecto de Christian. Aunque existía una cláusula de confidencialidad en el contrato celebrado con el Dr. Rinhaldi, que expresamente indicaba que ninguna de las partes debía revelar detalles de la investigación a terceros, Christian sabía que podía confiar en su amigo. 
    –A ver, cuéntame cómo están tus hijos–robots.
    –He realizado muchos avances últimamente. Logré establecer una colonia de nano-bots que pueden trabajar en conjunto, ya que al ser organismos simples sólo pueden ser programados para realizar una tarea a la vez –explicó Christian–. Al crear una colonia, las tareas se pueden distribuir entre sus miembros, lo que les hace capaces de ejecutar procedimientos más complejos. 
  –Que bien, suena como un gran avance –dijo Juan Manuel terminando su cerveza mientras hacía señas el mesonero para que trajera dos más. Habían ordenado fajitas, las cuales trajo el mesonero en una parrilla que desprendía un agradable olor. Christian se distrajo nuevamente observando a la chica mientras pensaba que era una lástima que estuviese acompañada. Saliendo de su ensimismamiento, preguntó:
   –¿Cómo te está yendo a ti? Me comentaste que no estabas muy contento con tu trabajo. –Se desempeñaba como Jefe de Producción en una empresa mediana en el área alimenticia, muy conservadora y que no le permitía aplicar sus conocimientos; simplemente tenía que garantizar que la producción fluyese, lo cual le frustraba, ya que era sumamente capacitado e inteligente.
    –Las cosas no han cambiado. Cada nueva propuesta que realizo se sigue estrellando contra la junta directiva –dijo con tristeza en su voz–. Realmente estoy hasta los cojones, lo malo es que el mercado laboral está muy deprimido y no he conseguido una mejor oportunidad. Ya sabes que tengo una gran responsabilidad para con mi familia; no puedo estar inventando. 
     Desde que su amigo le había manifestado esa inquietud, Christian daba vueltas al asunto; no sólo por el hecho de querer ayudarlo, sino porque lo consideraba un profesional competente, además de una persona en la que podía depositar su confianza absoluta. Comenzó a madurar la idea de llevárselo a Boston para que se encargase de los procesos productivos de su naciente empresa; lo había consultado con Rinhaldi, quien al principio se mostró un poco escéptico, pero le convenció cuando argumentó a su favor el factor confianza y la protección del secreto industrial; además le aseguró que Juan Manuel estaba más que capacitado para asumir el reto. No le había querido comentar nada para no crearle falsas expectativas, pero consideró que era el momento oportuno.
   –Juanma, he estado pensando y creo que está llegando la hora de que Petersen Genetics se convierta en una empresa productiva, tanto a mi socio como a mí nos gustaría mucho tenerte entre nuestras filas. Por supuesto, eso implicaría mudarte con tu familia a Boston, pero dada la situación de este país, no creo que haya mucho que pensar. Sólo tendrías que convencer a Jeannette. –Los ojos de su amigo se iluminaron con una chispa que no veía desde que eran adolescentes. 
    Tomó toda la cerveza que le quedaba de un solo trago y con la voz quebrada por la emoción, dijo:
  –Hermano, no creo que eso sea un problema, pero así tenga que darle un sedante me la llevo –bromeó–. Christian, ¿no me estás ofreciendo ese trabajo por lástima, verdad? ¿En serio piensas que puedo serles útil?
  –Por supuesto, en caso contrario no te lo propondría. Bien sabes que en lo que respecta al trabajo soy muy cuidadoso. 
   –En ese caso cuenta conmigo –replicó Juan Manuel, que no cabía en sí mismo–. ¿Eso para cuándo sería?
   –Deberías estar instalado en Boston dentro de cinco meses, tiempo más que suficiente para arreglar tus asuntos aquí, incluyendo las visas y los trámites administrativos.
   –Dame un pellizco para asegurarme de que no estoy soñando. Justo hace unos días hablé con Jeannette de la posibilidad de renunciar, pero no llegamos a nada porque el sueldo de ella no es suficiente para mantenernos mientras consigo otro empleo. 
   Cuando llegó la cuenta, la cual Juan Manuel insistió en pagar, Christian continuaba observando a la mujer de la mesa contigua. No hizo ningún comentario para evitar ser objeto de las bromas de su amigo. Al levantarse para irse, seguía mirándola; no podía quitarle los ojos de encima. Cuando llegaron a la puerta, se volvió a mirarla por última vez y le pareció que la chica le picaba un ojo, pero no estaba seguro. Se dijo a sí mismo que parecía un adolescente; con una sonrisa en los labios continuó su camino mientras Juan Manuel decía algo que no llegó a escuchar, ya que su atención estaba fija en la chica.